Tuesday, April 28, 2026

La Diva en la Sexta Casa: La Casa del Buen Teatro. (Reseña Cítica)

 


LA DIVA  EN LA SEXTA CASA:  LA CASA DEL BUEN TEATRO.

POR: Jorg e Luis Sánchez Noya. 

Recientemente asistí al estreno de la puesta “LA DIVA EN LA OCTAVA CASA” que forma parte del tributo que la compañía Havanafama, bajo la dirección del experimentado Juan Roca, está haciendo a la obra del dramaturgo Héctor Santiago en Centro Cultural Atefactus. He jugado un poco con el título de la obra porque El Teatro es considerado generalmente el sexto arte dentro de la clasificación clásica de las bellas artes, formando parte fundamental de las artes escénicas. Su causa principal es la necesidad humana de narrar historias y representar la realidad en vivo ante una audiencia, utilizando el cuerpo, la voz y la puesta en escena, combinación que Roca maneja con singular certeza y seguridad. Debo admitir que los primeros minutos del performance, me provocaron un poco de desconcierto porque la entrega de Juan José Paris y Osmel Poveda, los actores que encarnan a La Diva y su joven nuevo secretario respectivamente, transcurre de un modo especial, convincente y con esa magia que solo pueden transmitir los actores que se dejan llevar auténticamente por las emociones de sus personajes. Caracterización, proyección, coreografía, uso del espacio e interpretación, se integraban de manera admirable en todo momento, pero ¿en qué radica mi desconcierto inicial? En algo que tiene que ver con el género de la obra y lo que deriva en el TONO de las actuaciones. En eso, tanto actores como directores deben tener consenso y acuerdo porque la puesta se puede convertir en un concierto “virtuosamente tocado” pero “sonoramente desafinado”. Si el propio autor del texto lo clasifica como una Farsa Vampiresca, el elemento “farsa” puede conducirnos a los tonos altos de la tragedia, con toda su grandilocuencia y engolamiento, pero con la sana intención de despertar en los espectadores el sentido del humor y la hilaridad, que este tipo de “delivery” provoca o debe provocar en la audiencia. El humor, incluso en forma de chistes, están explícitos en el propio texto, pero no se aprovechan de manera efectiva. Aprecié en los actores una suerte de represión tímida a la hora de decirlos o interpretarlos, que se quedan en una risita también tímida del público. El teatro actual no se ciñe a los cánones clásicos de los géneros y los tonos, sino que juega con ellos según las necesidades emocionales y las intenciones comunicativas que quieren despertarle a sus espectadores en cada secuencia dramática. Es por ello que no resulta extraño que en un thriller o una obra de terror, haya momentos en que los espectadores se mueren de la risa, después de un fuerte preámbulo de horror que acaban de vivir, solo para jugar con sus emociones y provocar un golpe de timón en ese momento. Eso no quiere decir que la obra deje de ser trágica,  sangrienta  o espeluznante en su totalidad, pero momentos así, refuerzan el género, porque lo hace más humano.         

El tono grandilocuente del montaje de La Diva en la Octava Casa, responde a la lectura propia del estilo en el que está basado su personaje principal: La Diva, inspirado en María Félix, el gran mito del cine mexicano y su Secretario, un transexual que la imita desde su adolescencia y  que se ha convertido en una especie de admirador fanático y alter ego de la Diva, que por consiguiente, debe estar a la altura de ese pomposo estilo de comportamiento. Hasta ahí, todo está bien para mí y debo reconocer, en honor a la justicia crítica que implican tantos años en el oficio, que las actuaciones tanto de J.J. Paris como de Osmel Poveda son de una factura plus-ultra: Hay química, mucha magia entre ellos y un gran equilibro a pesar de sus diferencias de roles, pero los resultados se me quedan por debajo de lo que pudieron ser, si la puesta hubiera tomado más en serio el hecho de que que reír donde se debe, o hacer un chiste donde toca, no le resta “seriedad” al producto artístico, al contrario, lo vuelve más efectivo y empático. 

De todos modos, reconozco, celebro y admiro el trabajo de Havanafama y de su equipo de artistas, que se dejan la piel y el alma en cada función haciendo lo que aman, siguiendo la estética de su timonel y poniéndose metas cada vez más desafiantes, ante la superficialidad y los mensajes, cada vez menos rigurosos, elaborados y facilistas conque el teatro de nuestra ciudad, capta a sus espectadores y llena sus taquillas. Debe haber para todos en la viña del señor, pero un poco de empatía orgánica, no le vendría nada mal al teatro que hacemos como “arte serio”, que no necesariamente tiene que ser pesado, elitista, extraño y distanciante (y no lo digo en el sentido Brechtiano del término) si no en esa confusión que causa, tanto rigor estilístico, que termina siendo inacabado, pretencioso y al final contraproducente. Por fortuna, el teatro es un hecho efímero, que se puede pulir, afinar y hasta mejorar en cada representación y aunque esta reseña lleve observaciones críticas muy personales, mi ánimo es aportar y apostar porque “La Diva en la Octava Casa” se lave en casa y llegue a puertos más amplios y lejanos, porque tiene todo el potencial y también porque admiro, respeto y quiero a cada uno de sus hacedores. Pulir ciertos detalles redunda siempre en un mejor acabado y por consiguiente, mejores resultados.  Mis maestros siempre me decían: Escuchen a los críticos porque un par de ojos entrenados, ven mucho más que cien pares de ojos aduladores y aunque los críticos siempre buscan los errores para joder, la mayoría de las veces tienen razón y nos ayudan a mejorar nuestro trabajo. Créanme, que aquí nada está dicho para joder. 

Miami, marzo de 2026 

 

*Fotos Cortesía de Héctor Armas